Las líneas 1, 3 y 4 del metro fueron para Ismael; las demás, para Nuria.
–¿Y los autobuses? –preguntó ella.
Él suspiró, se reclinó en la silla y sentenció:
–Quedátelos todos.
Con las tertulias literarias no hubo otra que tomar una decisión salomónica: para él, primer y tercer domingo de cada mes; para ella, segundo y cuarto.
–¿Y los meses de cinco domingos? –volvió Nuria a la carga.
Ismael dudó un instante. Le tentó la idea de pelear por su momento preferido de la semana, pero supuso que una prueba de amor sería resignarlo. Ella se lo agradeció con la única sonrisa de la tarde. Él se dijo que su sacrificio había valido la pena.
Así siguieron, durante horas, dividiendo calles, supermercados, panaderías, bares de cañas, parques, plazas, cines, librerías y bibliotecas. Por la noche habían concluido un minucioso programa de privaciones y pérdidas.
Por séptima vez en el día, lloró.
Pero justo antes de entrar a su cuarto, se dio cuenta de que el puerto y el aeropuerto, las estaciones de autobuses y las de trenes, y hasta las carreteras de acceso a Barcelona habían quedado para Nuria.
Santiago Ambao





